Efamilia | El envejecimiento en el mundo rural, ¿una oportunidad para cambiar las relaciones de género?
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El envejecimiento en el mundo rural, ¿una oportunidad para cambiar las relaciones de género?

El envejecimiento en el mundo rural, una oportunidad para cambiar las relaciones de género

El envejecimiento en el mundo rural, ¿una oportunidad para cambiar las relaciones de género?

En las zonas rurales se dan unos niveles de envejecimiento superiores a los del resto del país. Son, además, regiones masculinizadas, con una mayor proporción de hombres, ya que fueron las mujeres quienes más emigraron durante la segunda mitad del siglo pasado.

Este déficit de mujeres provoca que sea inviable el modelo tradicional de cuidado, que descansaba sobre las esposas y las hijas. Es necesario reflexionar sobre si es posible cumplir las expectativas de cuidado que tienen las personas mayores residentes en zonas rurales, y también sobre el papel que los hombres pueden desempeñar como cuidadores en estas regiones.

La Ratio de Cuidadores Potenciales (RCP) permite medir la relación existente entre la población que potencialmente puede ejercer los cuidados (número de personas de entre 45 y 69 años) y las personas que probablemente van a necesitar algún tipo de cuidados (personas mayores de 70 años). En los municipios rurales con menos de 5.000 habitantes apenas hay dos personas que podrían atender a cada persona dependiente. En los pueblos más pequeños, la presencia de mujeres es tan baja que el cuidado no está asegurado si se sigue esperando un cuidado femenino e informal.

Las personas mayores prefieren permanecer en sus casas cuando envejecen y valoran muy positivamente la autonomía que esta decisión supone para sus vidas, aunque implique vivir solos. Otras opciones como las residencias de mayores o la alternativa tradicional de convivir con alguno de los hijos son vistas por los mayores con más recelo.

En las zonas rurales, el deseo de seguir viviendo en la casa familiar tiene un significado especialmente importante, ya que contribuye a mantener el valor simbólico que tiene para sus habitantes mantener una identidad común, compartida; un sentimiento de arraigo que es importante tanto desde el punto de vista individual, para el bienestar de cada persona mayor, como desde el punto de vista social y colectivo, puesto que la permanencia en los entornos rurales está contribuyendo a la supervivencia de estas zonas.

En las zonas rurales, el deseo de las personas mayores de permanecer en sus casas y ser atendidas por sus familiares resulta en muchos casos inviable.

 

Por otra parte, cuando las necesidades de atención empiezan a aparecer y sobreviene la dependencia en menor o mayor grado, los mayores señalan a sus familiares directos como los cuidadores que ellos consideran ideales. En efecto, en España la familia sigue manteniendo un estatus de cuidador ideal incuestionado, un rol que se ejerce en virtud del sentido de la reciprocidad y afecto que se espera recibir por parte de los hijos, y que no guarda relación con las capacidades ni la formación que estos hijos tengan para cuidar (Moreno-Colom et al.,2016). Estas preferencias en la forma de ser cuidado se cumplen, puesto que las familias siguen asumiendo el cuidado a los mayores como una responsabilidad familiar.

Sin embargo, en las zonas rurales, este deseo combinado de las personas mayores por permanecer en sus casas y ser atendidas por sus familiares resulta en muchos casos inviable, ya que es prácticamente imposible confiar en que el cuidado a los mayores pueda ser proporcionado por sus familiares directos.

Por un lado, se trata de zonas más envejecidas, por lo que tienen más población que potencialmente necesita apoyo para realizar las actividades cotidianas. Por otro, son zonas que han experimentado la emigración constante de las generaciones más jóvenes, especialmente de las mujeres, que emigraron desde la segunda mitad del siglo pasado en mayor proporción que los hombres, lo que ha provocado el despoblamiento de estas zonas y un déficit de mujeres. Con frecuencia ocurre, por tanto, que las personas mayores no tienen a ningún familiar viviendo en sus municipios. En consecuencia, el modelo de cuidados familiar, femenino e informal se vuelve insostenible.

Consulta el artículo completo de Begoña Elizalde-San Miguel (Universidad de Navarra) publicado por el Observatorio Social de ‘La Caixa’.



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